Vicente y el 17


Con la toalla al hombro, todavía le ardía la cara recién afeitada. Vicente encendió la radio a las 4.00 de la mañana, una rutina que arrancaba bien temprano, y que amargos mediante, lo empujaban desde Almagro hacia el Ferrocarril, donde gozaba de los nuevos derechos sociales como obrero ferroviario consolidados por el Coronel Perón.

Hijo de polizones inmigrantes españoles, Vicente sabía lo que era yugarla. “Vieja, escuchaste algo de Perón”, le preguntó a Marta que estaba desde mucho antes levantada, para garantizarle el mate a Vicente, para recordarle en la partida que siempre lo esperaría al volver. Vicente se fue al laburo sin mas noticias que lo que Radio Belgrano repetía.

“Mañana huelga general”, gritaba el Tano en la puerta de los talleres. El Tano, delegado y peronista a fuerza de conquistas. “Vicente, Perón está mal de salud, ayer fajaron a unos muchachos en Avellaneda que pedían por el Coronel. Mañana hacemos huelga.” le remató el Tano. Vicente asintió con la cabeza y se fue silvando un tango triste. Triste como la mañana, triste como estaba su corazón por primera vez al escuchar los padecimientos de un milico. Vicente volvió sobre sus pasos, y exclamó “¿Tano, y vamos a esperar a mañana, y si Perón se nos muere hoy?”. El Tano lo miró conmovido, pensó en esbozar una respuesta orgánica, pero ya eran las siete de un diecisiete.

Por la puerta del taller, unos muchachos –como aquellos reprimidos el 16 en Avellaneda- pasaron gritando “sin galera y sin bastón, los muchachos de Perón”.

Sobraban las palabras, el Tano, Vicente y los muchachos que estaban por ahí, enfilaron directo para el Centro. A los piedrazos se defendieron de la cana en Independencia y Paseo Colón. A los piedrazos se defendieron de la cana en Plaza de Mayo. Para el mediodía, Vicente estaba mas extenuado que con toda la jornada de laburo encima.

La cana se tranquilizó para la tarde. y Vicente vio a unos muchachos con las patas en la fuente de la Plaza. Quiso imitarlos, pero eran tantos que no cabía un alfiler para poner en remojo los pies. Tenía las patas hechas flanes, pero el Tano lo animaba. “Dicen que lo largan y que llaman a elecciones”. “¿Te lo imaginas Vicente, Perón Presidente?” “Callate” le dijo al Tano, con una sonrisa cómplice “mirá si nos van a dejar elegir a Perón”. El Tano se rió, miró la cantidad de gente que a las seis de la tarde no quería irse de la Plaza, que lo pedía a Perón. Nunca lo había visto en su vida, nunca lo había soñado. El Tano sentenció “esta vez si, Vicente, esta vez ganamos nosotros”. Vicente largó una carcajada, mientras relojeaba si se hacía un hueco para mandar las patas a la fuente.

Vicente pensaba en Marta, era tarde y debería estar preocupada. Pensó en volver, pero esa loca idea se evaporó al instante. Los pies no le respondían y Perón todavía no había hablado. La noche cayó de repente, y la Plaza seguía llena. Eran las once y Perón se asomó al balcón de la Casa de Gobierno “Por eso, hace poco les dije que los abrazaba como abrazaría a mi madre, porque ustedes han tenido los mismos dolores y los mismos pensamientos que mi pobre vieja querida habrá sentido en estos días.” Dijo Perón, y eso le llegó bien

adentro a Vicente. Pensó en su vieja, pensó en Marta.

Vicente volvió hecho un trapo a su casa. Marta no le preguntó nada, lo esperó con un mate, unas tortas fritas y una sonrisa, comprendió todo desde el principio. Vicente le dijo “Vieja, lo salvamos a Perón”. Marta lo miró con ternura y le dijo “Ahora Perón nos va a salvar a nosotros”.

Cinco años después, un diecisiete de octubre, iba a nacer el hijo de Vicente y Marta. El amor tendría, para siempre, cara de 17 de Octubre.

Fernando Gómez


(nota publicada en el Nº 9 de la Revista Oveja Negra)

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